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lunes, 26 de octubre de 2009

La senda del perdedor



El rumor barrial manifiesta que al hijo amanerado de Don “Rolo” Díaz le dicen “día lunes” porque es el más puto de los Díaz. Más allá del cuestionable ingenio de la ya gastada ocurrencia y de las preferencias sexuales del popular púber, el chascarrillo no está exento de certeza metafísica: El lunes es el peor día para empezar la semana. Si las semanas comenzaran por los martes o, mejor, miércoles, el mundo quizás sería un lugar mejor. Sin embargo, tan fastidiosa como inexorable, esa realidad se repite cíclicamente y no queda otra que ponerle el pecho a la situación y buscar placebos paliativos para soportar estoicamente esas fatídicas veinticuatro horas.
Uno de los recursos para vencer el síndrome de los lunes es la caminata céntrica y la visita a la librería, lugar donde ese extravagante placer intelectualoide que genera la literatura se conjuga con la lasciva presencia de la vendedora rubia y mocha. Más cortazariana que borgeana y más tarantinesca que almodovaresca, la dulce guardiana del templo del saber exhibe una belleza dotada de matices infernales (tiene esa mirada mefistofélica de Christabella, la hija del propio Satanás en el film El abogado del diablo). Ella es a quien encargo las obras que los moralistas de las letras califican de cuasi pornográficas; libros difíciles de encontrar y que siempre tienen que traer de alguna otra parte, lo cual me sirve como escusa para verla de nuevo semanas después. Tal vez no me equivoque si digo que he llegado a observarla con la misma devoción con que leo los relatos de Charles Bukowski. Esa mañana el libro me esperaba; la rubia naturalmente no. Un papel con mi nombre colocado debajo del título: "La senda del perdedor” me convertía en el poseedor de la novela que bien podría devenir en biografía.
Terminaba de contar el dinero para pagar el libro y dirigirle una última y libidinosa mirada a la blonda ensortijada (observación que me llevaría a corroborar que la exuberancia no es cualidad exclusiva de la bailarinas bailanteras), cuando recibo un mensaje de texto con una aciaga sentencia: la tengo más adentro que Toti Pasman. El Tano me estaba informando que me sacó veinte puntos en el Gran Dt y ahora sólo me queda chuparla y abonar los veinte pesos que le debo, tras dos fechas de derrotas. Revés que se sumaba al dinero dilapidado en una mala performance en el poker del domingo y a un par de apuestas abortadas con el pálido empate del clásico. Pagué el libro y asumí mi condición de derrotado. Christabella se había perdido de mi vista.
Tan irrefutable como el hecho de que el hijo de Don “Rolo” se la come es la certeza de que pasará otra semana y llegará otro puto lunes. Pagaré mis deudas de juego y renovaré las apuestas a la espera de una efímera racha ganadora que tal vez nunca llegue. Llenaré mis momentos de ocio creativo con la lectura de la nueva novela, mientras algún infame lector de novelas policiales (si es que lee) se hundirá frenético en las carnes blanquecinas de la vendedora rubia y mocha.

martes, 22 de septiembre de 2009

Los imprescindibles de siempre

Toda cultura tiene prácticas sociales que sirven para mantener tradiciones y salvaguardar ciertos rasgos identitarios comunes entre la chinada. Es ese afán de cohesión social lo que motivó las grandes orgías helénicas, las chupadas de sapos alucinógenos en las tribus del sur de África, las violaciones de camellos en la India y las olimpiadas de la risa; entre otros eventos trascendentales. En Tucumán también tenemos esas prácticas tradicionales que se repiten cíclicamente y que hacen a la esencia del ser autóctono, como bien asegura el filósofo: “Dime dónde rancheas y te diré quién eres”.
Tras años de estudio y meditación, este sofista mundano ha elaborado una modesta lista personal de eventos culturales, artísticos, deportivos y gastronómicos que, según considera, deberían ser considerados patrimonio de la humanidad por la Unesco:

- El Gran Premio Batalla de Tucumán: reunión turfística local que se desarrolla los 24 de septiembre.

- Día de la primavera en el Instituto Miguel Lillo: evento que combina naturaleza, fiesta y adolescentes lujuriosas.

- Carnavales de Ranchillos: La meca de la pinturita y la cumbia.

- La feria de Simoca: Sin duda uno de los mayores eventos etílicos y culinarios del orbe.

- El Camperazo: Como bien expuso Mercedes Sosa: “Qué cosa fiera, la masa sin Campera”.

- La fiesta del caballo: Folclore, alcohol, mujeres, y, sobre todo, mucho pingo.

- La fiesta de la empanada: De Famaillá a todo el mundo de la mano de los mellizos.

- Beberaje en el cementerio de San Pedro: Necrópolis y alcohol, pasión de multitudes.

La lista se haría mucho más extensa si se incluyeran en ella eventos tradicionales que han perdido vigencia o, simplemente, han dejado de existir; como ser: las fiestas de Punto Negro, las reuniones en la rotonda de Yerba Buena, Los recitales de la zona, Las tocadas de Amanda y los Guayaberos en La Gloriosa, las bajoniadas en Chacho, etc.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Crónica de una noche sin recuerdo

El diablo era muy diablo diría Charly más tarde. El violento vomito rojizo que salpicó el blanco de los azulejos era quizás la baba de un lucifer trasnochado, eso o un coágulo de vino y carne. El último estertor arrojó mi cadáver al piso de la escena del crimen: el baño teñido de escarlata. Con el correr de los minutos, el silencio y el hedor se harían tan insoportables como el frío. Luego, el amor maternal se encargaría de depositar el cuerpo en la cama; el sueño de aplacar al demonio. La primera oración siempre es la más difícil de encontrar en la nebulosa.
Me desperté mirando el fondo del balde, la boca rancia, los pelos pegoteados a la cara. La culpa y la desesperación fueron dando forma a una sola certeza: no era ahí donde debía estar. Corrí hasta la casa del poeta; él estaba en armonía consigo, con el mundo, con el porrón que tenía en la mano. Las putas terminaban de vestirse. Las otras líneas surgen abruptas, desordenadas, mientras las sienes tiemblan.
La lujuria era ya un recuerdo ajeno. Un círculo de chamanes discurren reunidos alrededor de la fogata. Charly habla de dioses y demonios, el resto escucha o simplemente calla. Aldo busca en sus bolsillos una bala que termine con el discurso. Los duendes que martillan mis neuronas intentan reconstruir al menos una escena: Una rubia y una morocha que bailan despojadas de ropas y pudores. Nico parece un mendigo alucinado, un místico pop. Ha sobrevivido al acto iniciático; yo aún no lo se. La última oración es la más fácil de encontrar sobre la lápida.
Apoyo la frente en la fría pared del baño del poeta mientras espero la llegada del vomito como a una profecía. Sería el fin o el comienzo de una nueva muerte. Pero el baño del poeta no es cualquier baño, las paredes hablan el idioma de los poetas malditos, de los filósofos budistas; de los literatos sin bidet. Quizás ahora soy más Bukowski, más Miller que nunca; o simplemente otro borracho perdido en una noche sin recuerdos. En la pared del baño del poeta Miles Davis me habla: “No teman a los errores. No existe ninguno”.

lunes, 3 de agosto de 2009

Tesoros bizarros




El disco del Adiós Sui Generis, las revistas Gente con la noticia de la muerte de John Lennon, las imágenes del mundial 78, del juvenil 79, de la guerra que no quisieron ver y terminaron inventando, las Humor caricaturizando a la Dama de Hierro, el misil de mi placard, la entrada pegada en el documento acreditando que vi al más grande de todos, la figurita o, mejor; estampita de Néstor Ariel Fabri, un juego de naipes del Hombre Araña, la colección de las figuras mundialistas del 98, los Locodrilos del Kinder, un Porky, un vaso de tequila de Señor Frog´s, una crema de enjuague del Sheraton Cancún, el shampoo de un hotel cubano, billetes, monedas, bonos, y lo que algún día tal vez me vuelva millonario: el autógrafo de Isabel Sarli donde consta que me declara su cariño. Se quedaron afuera de la imagen el vhs de Orgía Nuclear de la Chicholina afanado del video club, el cassette de Machito Ponce, la Atari trucha, la pipa de cristal, algunos libros extravagantes, las Condorito, la foto con Ricardo Iorio, las entradas de los recitales, el póster de Aracnofobia; entre otros.
Soy la conjunción de ideas tan diversas, dispares y absurdas como los objetos que conforman mi colección de cosas bizarras. Aunque suene naif, esa compilación de pelotudeces conforma mi patrimonio más preciado (aunque la DGI piense lo contrario). Como reza el álbum de una banda underground: todo niño sensible sabrá de que estoy hablando. Sin embargo, a pesar de ser un feliz coleccionista de cagadas, hay algo que no me deja dormir por las noches volviendo mis sueños pesadillas, que atormenta mi alma de infante irredimible; una suerte de ausencia insondable, de duda metafísica: ¿Quién mierda me robó el Pegaláctico?

lunes, 27 de julio de 2009

Escribir sobre uno mismo


Tengo como veintiséis años- no los creo muchos ni pocos, sólo la cifra mínima como para cantar el envido- y en ese tiempo he leído algunos libros (menos de los que me hubiese gustado leer; infinitamente menos que Borges; pero, tal vez, unos cuantos más que Steve Wonder). En ese periplo de lecturas he descubierto que las solapas de las obras literarias suelen presentar invariablemente los siguientes elementos: Por un lado, una foto en blanco y negro donde el autor en cuestión aparece mucho más joven afectando una postura reflexiva y enigmática a la vez. Por el otro, un breve prontuario con la producción literaria del escriba, sus éxitos académicos y uno que otro dato biográfico (en este punto suelen omitirse sus experiencias pederasticas, zoofilicas y transexuales; al menos que el escritor se encuentre muerto y esa información resulte imprescindible para comprender el trasfondo filosófico de la obra). Lo cierto es que en mi trayectoria de lector ojeé unas cuantas solapas, todas muy parecidas entre si, todas aburridas; hasta que ayer me topé con una sustancialmente distinta mientras culiyaba en una tienda de usados. Quizás sea diferente por tratarse de una solapa autobiográfica, quizás porque su autor es consciente de lo absurdo que resulta hablar con solemnidad de seres que no lo son. Lo cierto es que me gustó y el volumen ahora forma parte de mi actual selección de lecturas de toilete. El texto en cuestión pertenece a “Cuentos para niños pornográficos” de Dalmiro Saenz y aquí se los dejo:


Nací el 13 de junio de 1926. Yo estuve en el parto. Me daba no sé qué no acompañar a mamá en esas circunstancias. Niño aún comencé a comenzar. Todo lo hacía desde el comienzo, y como bien diría unos años más tarde la maestra de mis primeras letras: “Era cosa de nunca acabar, pero aun así el alumno Dalmiro me dio muchas satisfacciones, aunque de precoz no tenía nada, y menos como eyaculador”.
He repetido muchas veces que escribir sobre uno mismo no es fácil, por eso yo prefiero hacerlo sobre una mesa.

jueves, 23 de julio de 2009

Mi amigo el usamico

El bar de la calle San Martín es un oasis en el vertiginoso caos de la City. Afuera, la multitud anónima camina y piensa rápido; su destino atado al designio de las pizarras electrónicas, a la voracidad impositiva, al arbitrio indescifrable de un mercado cada vez más impredecible. Adentro, el café acompaña la especulación de los tahúres que elucubran negocios millonarios, fórmulas milagrosas para solucionar los eternos problemas del país, el pesimismo de quienes filosofan acerca del apocalíptico devenir nacional. El dinero moviliza los espíritus que han terminado por confundir valor con precio.
Una mesa al fondo del café es su improvisada oficina. Allí, resguardado del ritmo anárquico de la city, quienes lo buscan terminan por encontrarlo. Con el correr de la mañana comienza el desfile de infortunados: jugados, apretados, ahogados y asfixiados acuden a solicitar su amparo. El timbero que busca una nueva ilusión para salir de perdedor, el comerciante que cree que tiene la idea que lo sacará finalmente a flote, el inversionista a quien se le presenta el negocio de su vida, el deudor que quiere conservar los dedos de su mano. Esos que hoy lo convierten en redentor, en un mes no dudan en transformarlo en hijo de puta cuando descubren que los placebos financieros no fueron la solución a sus problemas. Pero ya es tarde; sus dineros, sus casas, sus autos, sus almas le pertenecen.
Se hace llamar financista para darle status a su oficio; pero le dicen usurero, prestamista, usamico, cachimotero y otras yerbas. Este benefactor de los desamparados hace un tiempo aprendió la regla de oro del capitalismo financiero: sólo la guita genera más guita. Desde entonces posee un prolífico criadero de billetes. Se sabe un mal necesario pero no es él quién busca clientes, son ellos quienes requieren sus servicios. No vende drogas, no roba, no mata, no estafa. Su conciencia está limpia y hasta se anima a predecir la debacle moral del país. Invita el cortado a quién se sienta en su mesa, revuelve el pocillo con gesto adusto y analiza los determinantes socioeconómicos del subdesarrollo vietnamita: “Ellos son pobres, pero honrados. Eso les enseñó la guerra. Acá ya no hay más vueltas que darle, este país no da para más hermano, créeme no da para más”

lunes, 6 de julio de 2009

Descenso Santo: elogio a la mediocridad

El domingo presencié in situ los últimos cuarenta y cinco minutos del Santo en primera división. Quizás el mejor calificativo que se me ocurre para el espectáculo es el de mediocre: Ni bueno, ni malo; como una meseta árida sin contrastes; como el limbo en el que flotan las almas entre el cielo y el infierno; sin tristezas ni alegrías exageradas; un partido sazonado con el sabor a nada característico de las siestas dominicales. Todo parecía definido de antemano, jugado, juzgado; sensación de película repetida en canal diez, de mate cocido y bollo, de sopa de arroz. No había suspenso ni sorpresa posible.
No hubo lágrimas en la Ciudadela. Al muerto ya lo habían velado hace rato y muy pocos creían en la resurrección; los más optimistas se ocupaban en imaginar una reencarnación próxima. El presente era esa tediosa espera que separa lo que fue de lo que será. Una llaga dolorosa en el tiempo. Lo amargo no fue la derrota, sino la mediocridad con que se dirimió el asunto: el final careció de esa dignidad épica característica de los pleitos trascendentales (véase el relato acerca de la definición del campeonato en El Corcho). Como en la tragedia griega, el destino ya estaba escrito y los espectadores sólo acudieron para ver cómo sucedería aquello que sabían que sucedería. La hinchada alentó, pero el aliento sonó a los estertores de un agonizante. Esta vez no hubo insultos ni amenazas, los jugadores se retiraron acompañados por un tibio aplauso. Tibieza de domingo soleado de invierno. Después del partido, nadie se atreve a callar al silencio. En la Ciudadela la siesta se adueña del barrio, más nostálgica que nunca.

domingo, 28 de junio de 2009

Por qué escriben los que escriben

Hace un tiempo un alma generosa me obsequió un libro de poemas de Charles Bukowski donde encontré el prólogo del escritor y periodista Enrique Symns. Se trata de una prosa vehemente, cargada de palabras que parecen escupidas con furia, con violencia. Descubrí en ese monologo desaforado esa significación abismal que uno sólo puede encontrar en el discurso de los locos. Acá un fragmento:


¿Y ENTONCES PORQUÉ ESCRIBES? Por que no queda otra. Hay que tener un insano prejuicio para creer que la literatura es importante, que la poesía es trascendente, que un artista es algo que no salió por el mismo ojete donde salieron las albondigas y los tornillos. Escribir es pura mierda. Y encima todo escritor sabe que te tiene que ir muy mal en la vida para poder escribir más o menos bien. Cuanto más mal, mejor lo harás. Y eso es el escritor. Un puñetero desgraciado que le reza a sus entrañas para que hagan fracasar a la bestia, para que cojamos mal, para que no tengamos dinero, para que los pulmones se acostumbren a respirar con dolor (éso que los maricones llaman angustia). Te adiccionás a la desgracia, te acostumbrás al rito de sentarte frente a este animal viscoso y repugnante que estoy tecleando ahora mismo y esperar pacientemente que las palabras se hablen entre ellas, que se olviden que las estás escuchando o que te olvides tu de escucharlas, que los dioses o el vago de la esquina de la nada duerman tu conciencia y todo sea escrito como si fueras una mina cojida mientras duerme. Y después acostumbrarte a todos los días o noches en donde los vagos de los dioses están estreñidos y ni siquiera sale olor del culo de tu creatividad.

Son infinitas las veces que me he preguntado lo mismo: ¿POR QUÉ ESCRIBO? ¿Qué sentido tiene sentarse a teclear con furia esperando hacer de eso un acto trascendente? Es irracional decir que uno va simplemente a escribir cuándo ha leído Primavera negra de Henry Miller. Sabe que cualquier cosa que haga después de eso no será literatura, será un acto imperfecto, fallido. La consumación de un fracaso que estaba sentenciando aún antes de aferrase con desesperación a la maquina de escribir. Uno termina por abandonar el texto aún palpitante con la conciencia de que lo suyo es una cosa distinta, como si acabase de parir de sus entrañas a un ser deforme, un Cuasimodo hecho de palabras. O tal vez termina suicidado como el pobre de John Kennedy Toole que creyó que hacía literatura y recién pudo hacerla cuando los gusanos le comían los ojos. Uno escribe acosado por los fantasmas de hijos de mil putas como Joyce, Faulkner, Bukowski, Burroughs, Lamborghini, Puig, Cortazar y otros tantos. Sabe que ellos lo hicieron, que se les fue la vida en el intento de jugar el juego y perdieron una y otra vez: a Artaud le cocinaron el cerebro en secciones de electrochoques y no pudieron evitar que sus atormentadas alucinaciones se transformaran en poesía, pero la gente como uno no está dispuesta a sacrificar la comodidad en la que descansan sus neuronas ¿Entonces para qué escribir hoja tras hoja si sabemos que Galeano ha dicho lo mismo con menos y mejores palabras? Creemos que podemos aprender a escribir yendo a la universidad y leyendo a los que allí dicen que lo supieron hacer bien, entonces cuándo más lee uno, mayor conciencia adquiere que sus aspiraciones son absurdas. Si uno fuera escritor no estaría encerrado en la biblioteca de la facultad, sino afuera, en el mundo, escribiendo. Tal vez conseguimos dejar de lado los prejuicios y escribimos, pero seguimos preguntándonos para qué y buscamos en la literatura un fin pragmático que no tiene. A pesar de los que pueda llegar a creer Dolina, la literatura no sirve para conseguir mujeres, definitivamente no, las minas no compran el ardid de las palabras embriagadoras porque saben que no tienen precio en el mercado, porque han aprendido que quién escribe, generalmente, lo hace porque no puede cogerse jóvenes y bellas mujeres pero si puede escribir que coje jóvenes y bellas mujeres. A las mujeres no les atrae la derrota, ni los poemas, ni la oreja de Van Gogh. Ni a las mujeres, ni a nadie. Entonces ¿Por qué escribo? Por que no queda otra.

martes, 16 de junio de 2009

Aspiración e inspiración

Hace unas semanas mi hermano menor escuchaba la empalagosa canción de algún nuevo exponente de la movida tropical y se me ocurrió preguntar el nombre de aquel ignoto artista:

- Che ¿quién es el que canta? – indagué curioso.

- El aspirante

- ¿El aspirante?

- Ajá

Tremenda inspiración para poner nombres: Joyce no lo hubiera hecho mejor.

martes, 5 de mayo de 2009

Cortate el pelo cabezón


El mismísimo Sigmund Freud aseguró que los primeros cortes de pelo suponen un rito iniciático, un acto trascendental en la vida de todo sujeto que aprende a ser formal y cortés al aceptar ese absurdo patrón social que lo marcará a lo largo de toda su existencia.
Mis primeras reminiscencias de una peluquería se remontan a los tiempos en que mi viejo me llevaba a Pocho; un coiffeur que combinaba un peinado afro, frondosos bigotes, sonrisa carismática y camisas cuyos extraordinarios colores emulaban los sueños de un interno del Borda. A pesar del sobrenombre, su look se asemejaba más al estilo del popular cantante tropical conocido como Alcides que al del autor de “El hijo de Cuca”. Eran fines de los ochenta y aquel íntimo vínculo que se establece entre estilista y estilizado marchaba bien, mi exigua edad y la falta de una visión crítica del mundo en el joven Pollo lo exoneraban de las atrocidades a las que sometía a mi entonces blonda cabellera. Pero llegó el día en que, en unas de esas sesiones de mutilación capilar, mi progenitor- un ser caracterizado por cierto innato fundamentalismo-emitió un juicio intempestivo y vehemente:
- Todos los peluqueros son putos.
A lo que el estilista respondió con marcada desaprobación:
- Eso no es cierto, no todos. Yo no soy puto che.
Mi padre pareció meditar un momento- cosa extraña en su impulsiva y apasionada genética- y luego espetó:
- Tenés razón, no todos son putos. Algunos son re-putos.
Esa fue la última vez que Pocho me cortó el pelo.
Años más tarde, mi tío Cacho, en aquellos tiempos empleado del ya extinto Banco Municipal, me llevó por primera vez a “Salón Apolo”; una peluquería céntrica que quedaba por la Mendoza, a la vuelta de “Rucafé”. Recuerdo que frecuentaban ese lugar ejecutivos, hombres de negocios y otros sujetos de oficios desconocidos que vestían pulcramente de saco y corbata. Mi intromisión en ese ámbito me distanciaría de manera radical de mis congéneres: Mientras sus compañeros de colegio se cortaban en “La Calesita”, Pollo esperaba su turno en aquella peluquería de “gente grande” haciendo sonar el hielo de su vaso de Mirinda manzana como si fuera un whisky en las rocas. Aunque ignorado, él se sentía diferente, más importante. Sin embargo, bastó que creciera un poco para que no volviéramos por ahí con mi tío. Yo había entrado en eso que llaman pubertad y él había cambiado su condición de empleado bancario a la de empleado municipal al fundirse el banco.
Se sucedieron los años y mientras mi cabellera se volvía cada vez más oscura fue aprendiendo a sobrevivir al devenir de mis incursiones en las distintas peluquerías barriales. Fueron tiempos de improvisados estilistas, avezados en la técnica del “medio americano”; muchos de los cuales compartían aquellas artes con otras actividades más mundanas. Como el caso paradigmático de Pepe, un peluquero que, además de ostentar el título de coiffeur, se desempeñaba como sodero. Era evidente que las tijeras no eran lo suyo, tras sus infames amputaciones capilares solía mirarme como diciendo: “tómatelo con soda, chango. Te va a volver a crecer”. Fue entonces cuando comprobé la implacable veracidad de aquel saber popular que reza: “Más peligroso que sodero con navaja”.
Tiempo después, con la adolescencia, sobrevino en mí cierto instinto de rebeldía que me impulsaba a dejarme el cabello largo, pero esas aspiraciones revolucionarias no coincidían con la conservadora doctrina paterna. A cada intento de insurrección capilar, mi padre- que además de fundamentalista es pragmático y capitalista- respondía con amenazas de realizar él mismo la tarea (acto que efectivamente ejecutó en algunas oportunidades demostrando, por cierto, no mucha destreza), o bien ofreciendo alguna importante suma de dinero a cambio de que me cortara el pelo. Esas fueron mis primeras claudicaciones revolucionarias en manos del capital. Después de todo, es sabido que “por la plata se corta el Pollo”.
Todas aquellas traumáticas experiencias anteriormente mencionadas me dotaron de una singular erudición en lo que respecta a la labor peluqueril, sabiduría que, tras intensivas elucubraciones teóricas, me permitió establecer una clasificación que reduce a sólo tres especies la basta fauna de la que participan peluqueros, estilistas y coiffeurs. En consecuencia, de acuerdo con mis divagaciones, existen sólo tres tipos de peluqueros:

- Están aquellos peluqueros que –a causa de algún tipo de alteración de sus facultades psicomotrices o por alguna especie de absurda obsesión- realizan el mismo corte a todos sus clientes. De manera que hubo épocas en que las poblaciones de barrios enteros padecieron la pandemia del estilo “Carlitos Balá” (a los afectados se los conoce como “Balas”), o como sucedió a comienzos de los noventa con la abominable expansión del “Nacional B” (en muchos casos sus portadores fueron encarcelados por su semejanza con el “Chipi” Barijo).

- La segunda categoría es un derivado de la anterior e incluye a todos los estilistas que proceden a repetir el mismo corte ad infinitum, pero con la particularidad de que no se trata necesariamente de la reproducción de un estilo popular o de moda, sino que es la copia fiel del look que ellos mismos portan sobre sus cráneos. ¿Quién no ha advertido que, una vez terminado el trabajo del peluquero, al observar el espejo, este les devuelve la imagen del peinado de su coiffeur clonado en sus cabezas? Se trata de casos que manifiestan el egocentrismo exacerbado del estilista que se caga en el principio de autodeterminación de los sujetos.

- Por último, encontramos a aquellos coiffeurs que, dotados de una versatilidad y una visión artística de la cual los anteriores carecen, dejan fluir su intuición y cortan el pelo según los dictámenes que reciben de las musas de turno. Efectivamente, no importa que uno se pase media hora explicando como es que quiere que luzca su cabellera, ellos actúan bajo el éxtasis de la inspiración celestial y, aun cuando nos escuchen con afectada atención, nada podrá detener el libre albedrío de sus manos forjando la escultura capilar. En consecuencia, cortan como se les canta las pelotas.

Ahora, Pollo ha dejado atrás todos esos padecimientos y se esfuerza por evitar las peluquerías casi tanto como las iglesias. En consecuencia, mi proceder actual es netamente pragmático: trato de cortarme el pelo lo menos posible y en caso de verme obligado a hacerlo actúo siguiendo los siguientes criterios: Elijo aquellas peluquerías en donde las chicas encargadas del lavado de cabeza estén buenas, o bien busco un lugar en donde el peluquero proponga una conversación variada sobre temas de interés general como fútbol, minas, fiestas, autos, inversiones en la bolsa, etc (nada peor que un estilista que se pone a hablar del clima como si en lugar de cortar el pelo estuviese manejando un taxi). De esa manera trato de sobrevivir al poder de aquellos que tienen en sus manos el futuro de nuestro pelo. A veces, hasta me voy casi conforme con el corte.