jueves 19 de noviembre de 2009

La decadencia del Capitalismo


Son muchos los eruditos que vienen vaticinando con bombos y platillos el esperado final del Capitalismo, sin embargo, lo concreto es que todavía no tiene fecha de defunción en el calendario. Lo que si parece irrefutable a esta altura del partido es la decadencia irreversible del sistema: Décadas atrás, el icono del modelo capitalista y el gurú a seguir era el empresario automotriz Henry Ford. Hoy, todos quieren ser como Ricardo Fort.

martes 3 de noviembre de 2009

Las primas libidinosas de Cucurto


Cuando empecé a leer La maquina de hacer paraguayitos del para mi ignoto Washington Elphidio Cucurto (Seudónimo de Norberto Santiago Vega) estaba sentando en un banco de la terminal de retiro esperando un colectivo. Todavía no pude definir si se trata de una novela poética o de un poema novelado, tampoco pude establecer a ciencia cierta si el autor escribe bien o mal, ni cuáles son los meritos literarios de su obra. Lo cierto es que Cucurto destroza los parámetros normales del lenguaje para inventar uno nuevo con las sobras. Tal vez me equivoque, pero eso es justamente lo que vuelve a los ignotos imprescindibles. Tal vez me equivoque, pero esa tarde en retiro no pude dejar de leer el libro que tenía en mis manos; obviando incluso los pechos turgentes de pétreos pezones que ostentaba la morocha sentada enfrente mío.

A continuación una muestra de lo que les hablo:

Ah, qué terrible costumbre cumbiantera tienen, de
andar lamiendo las patas de la mesa, los
huevos del portero; cuando sumisa inclinas
porteril la regadera, sobre la maceta de alelíes,
barren todo cuanto a su paso se topa, óyelas
cómo van: luciendo su lengua colorada de
dominicana ardiente, con verdadero fervor
boquense: por las piezas del yoti yirean
las mulatas, tus tres primas libidinosas, Idalina,
Justina, Miguelina, se ensucian y se ensañan
con la leche de los machos, usan tus enaguas,
guasquean tus bombachas; a la chueca se
engullen la chicha de la mesa, a la polaca se
transan y trasca que les cabe el 69
del contramaestre,
hubiese ocurrido que las mandara de vuelta
a Santiago de los Caballeros,
hubiese ocurrido también,
que improvisara porteño inoportuno
y las hiciera trabajar en el sauna
de Córdoba y Laprida, de San Juan y Bolívar.


Nota del editor: Texto extraído de la obra de Washington Cucurto "Tus tres primas libidinosas", en La maquina de hacer paraguayitos.

lunes 26 de octubre de 2009

La senda del perdedor



El rumor barrial manifiesta que al hijo amanerado de Don “Rolo” Díaz le dicen “día lunes” porque es el más puto de los Díaz. Más allá del cuestionable ingenio de la ya gastada ocurrencia y de las preferencias sexuales del popular púber, el chascarrillo no está exento de certeza metafísica: El lunes es el peor día para empezar la semana. Si las semanas comenzaran por los martes o, mejor, miércoles, el mundo quizás sería un lugar mejor. Sin embargo, tan fastidiosa como inexorable, esa realidad se repite cíclicamente y no queda otra que ponerle el pecho a la situación y buscar placebos paliativos para soportar estoicamente esas fatídicas veinticuatro horas.
Uno de los recursos para vencer el síndrome de los lunes es la caminata céntrica y la visita a la librería, lugar donde ese extravagante placer intelectualoide que genera la literatura se conjuga con la lasciva presencia de la vendedora rubia y mocha. Más cortazariana que borgeana y más tarantinesca que almodovaresca, la dulce guardiana del templo del saber exhibe una belleza dotada de matices infernales (tiene esa mirada mefistofélica de Christabella, la hija del propio Satanás en el film El abogado del diablo). Ella es a quien encargo las obras que los moralistas de las letras califican de cuasi pornográficas; libros difíciles de encontrar y que siempre tienen que traer de alguna otra parte, lo cual me sirve como escusa para verla de nuevo semanas después. Tal vez no me equivoque si digo que he llegado a observarla con la misma devoción con que leo los relatos de Charles Bukowski. Esa mañana el libro me esperaba; la rubia naturalmente no. Un papel con mi nombre colocado debajo del título: "La senda del perdedor” me convertía en el poseedor de la novela que bien podría devenir en biografía.
Terminaba de contar el dinero para pagar el libro y dirigirle una última y libidinosa mirada a la blonda ensortijada (observación que me llevaría a corroborar que la exuberancia no es cualidad exclusiva de la bailarinas bailanteras), cuando recibo un mensaje de texto con una aciaga sentencia: la tengo más adentro que Toti Pasman. El Tano me estaba informando que me sacó veinte puntos en el Gran Dt y ahora sólo me queda chuparla y abonar los veinte pesos que le debo, tras dos fechas de derrotas. Revés que se sumaba al dinero dilapidado en una mala performance en el poker del domingo y a un par de apuestas abortadas con el pálido empate del clásico. Pagué el libro y asumí mi condición de derrotado. Christabella se había perdido de mi vista.
Tan irrefutable como el hecho de que el hijo de Don “Rolo” se la come es la certeza de que pasará otra semana y llegará otro puto lunes. Pagaré mis deudas de juego y renovaré las apuestas a la espera de una efímera racha ganadora que tal vez nunca llegue. Llenaré mis momentos de ocio creativo con la lectura de la nueva novela, mientras algún infame lector de novelas policiales (si es que lee) se hundirá frenético en las carnes blanquecinas de la vendedora rubia y mocha.

lunes 19 de octubre de 2009

Los Sandros

Los pequeños gemelos Sandro René y Sandro Ramón no saben lo que es una Play Station, pero conocen los caminos que penetran en el monte santiagueño y se animan a caminar descalzos sin preocuparse por las espinas de vinal. Sus hermanos mayores no desconocen los secretos de ese tramo del Salado y saben donde se encuentran los “pescaos”, que persiguen con el anzuelo atado a un pedazo de tanza. Tienen la paciencia de los viejos pescadores y el tiempo de los que nada esperan.
Unos cuarenta kilómetros de bobadales separan a los Sandros y a su familia del asfalto y la civilización. Unos cuarenta kilómetros y una eternidad de penurias, olvidos y soledades. Sólo cuarenta kilómetros y otros tantos años luz. Son doce hermanos que viven en un paraje sin nombre a unos veinte kilómetros de Santo Domingo, el poblado más cercano. Su padre es el dueño de una magra hacienda que lucha por sobrevivir a la aridez santiagueña: unos veinte chivos y otras tantas vacas con las costillas entalladas al cuero. El paisano no toma alcohol, no fuma, ni tiene otro vicio que no sea hacer hijos. Tal vez los únicos signos de vitalidad en ese monte seco y olvidado. El hombre no conoce la televisión, pero tiene un cielo infinito de estrellas para descansar sus noches.
Esa mañana la tropilla de niños irrumpe en el campamento de los pescadores, atraída quizás por las guarachas sintonizadas azarosamente por la radio de la camioneta. Todo lo observan fascinados; como preguntándose porqué esos extraños han abandonado la comodidad de sus camas, sus televisores, sus acondicionadores de aire y las Play´s Station´s para hundir las botas en la tierra de su monte y ahogarse con el calor de sus siestas. Ellos no comprenden cómo es que puede la ciudad asfixiar, aburrir, desencantar. Sólo su monte y su río conocen y sólo eso entienden. En ello se les va la vida.
Los niños comen con pasión mezclando el asado y el mate cocido. No dicen nada que no se les pregunte; sus palabras son tímidas y apenas audibles. En los ojos no pueden ocultar un brillo de asombro ante aquello que los rodea. Todo es nuevo y extraño y tiene tal vez aquella magia del hielo que conoció el Coronel Aureliano Buendía en Macondo. Uno revuelve entre las cajas de pesca y encuentra un objeto de una belleza sorprendente: la extraña figura del señuelo fosforescente será acaso su primer juguete.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Epitafio posible para la tumba de un tal Pollo

El epitafio quizás diga: Aquí continua descansando Pollo, alguien que quiso ser muchas cosas pero tal vez no fue ninguna. Visitaran la tumba amigos, unos cuantos familiares, unas cuantas mujeres; pero nadie intentará llorar para no ofender la memoria del difunto. Lo recordarán como un tipo que hablaba muchas cagadas y que escribió otras tantas, que se vestía de forma extravagante y que hacía de la nocturnidad un culto. Para muchos un pelotudo, para otros un loco lindo, para los académicos un ser con no muchas luces, para los de no muchas luces un erudito incomprendido, para los acreedores ahora un incobrable, para algunos un impagable. Despedirán sus restos mortales pensando que murió en su ley: Aparentemente, su corazón dejó de funcionar mientras bailaba lambada con unos travestis en Ranchillos. Las crónicas policiales hablarán de drogas, eunucos y un ritual umbanda donde se sacrificó un chancho blanco, pero sólo para agigantar el mito. Las señoras del barrio comentarán al baldear la vereda esa mañana: “pensar que estaba tan vivo cuando todavía vivía”.Sus herederos se repartirán las deudas y a los pocos meses publicarán un volumen de obras póstumas titulado No somos nada.

martes 22 de septiembre de 2009

Los imprescindibles de siempre

Toda cultura tiene prácticas sociales que sirven para mantener tradiciones y salvaguardar ciertos rasgos identitarios comunes entre la chinada. Es ese afán de cohesión social lo que motivó las grandes orgías helénicas, las chupadas de sapos alucinógenos en las tribus del sur de África, las violaciones de camellos en la India y las olimpiadas de la risa; entre otros eventos trascendentales. En Tucumán también tenemos esas prácticas tradicionales que se repiten cíclicamente y que hacen a la esencia del ser autóctono, como bien asegura el filósofo: “Dime dónde rancheas y te diré quién eres”.
Tras años de estudio y meditación, este sofista mundano ha elaborado una modesta lista personal de eventos culturales, artísticos, deportivos y gastronómicos que, según considera, deberían ser considerados patrimonio de la humanidad por la Unesco:

- El Gran Premio Batalla de Tucumán: reunión turfística local que se desarrolla los 24 de septiembre.

- Día de la primavera en el Instituto Miguel Lillo: evento que combina naturaleza, fiesta y adolescentes lujuriosas.

- Carnavales de Ranchillos: La meca de la pinturita y la cumbia.

- La feria de Simoca: Sin duda uno de los mayores eventos etílicos y culinarios del orbe.

- El Camperazo: Como bien expuso Mercedes Sosa: “Qué cosa fiera, la masa sin Campera”.

- La fiesta del caballo: Folclore, alcohol, mujeres, y, sobre todo, mucho pingo.

- La fiesta de la empanada: De Famaillá a todo el mundo de la mano de los mellizos.

- Beberaje en el cementerio de San Pedro: Necrópolis y alcohol, pasión de multitudes.

La lista se haría mucho más extensa si se incluyeran en ella eventos tradicionales que han perdido vigencia o, simplemente, han dejado de existir; como ser: las fiestas de Punto Negro, las reuniones en la rotonda de Yerba Buena, Los recitales de la zona, Las tocadas de Amanda y los Guayaberos en La Gloriosa, las bajoniadas en Chacho, etc.

domingo 13 de septiembre de 2009

Crónica de una noche sin recuerdo

El diablo era muy diablo diría Charly más tarde. El violento vomito rojizo que salpicó el blanco de los azulejos era quizás la baba de un lucifer trasnochado, eso o un coágulo de vino y carne. El último estertor arrojó mi cadáver al piso de la escena del crimen: el baño teñido de escarlata. Con el correr de los minutos, el silencio y el hedor se harían tan insoportables como el frío. Luego, el amor maternal se encargaría de depositar el cuerpo en la cama; el sueño de aplacar al demonio. La primera oración siempre es la más difícil de encontrar en la nebulosa.
Me desperté mirando el fondo del balde, la boca rancia, los pelos pegoteados a la cara. La culpa y la desesperación fueron dando forma a una sola certeza: no era ahí donde debía estar. Corrí hasta la casa del poeta; él estaba en armonía consigo, con el mundo, con el porrón que tenía en la mano. Las putas terminaban de vestirse. Las otras líneas surgen abruptas, desordenadas, mientras las sienes tiemblan.
La lujuria era ya un recuerdo ajeno. Un círculo de chamanes discurren reunidos alrededor de la fogata. Charly habla de dioses y demonios, el resto escucha o simplemente calla. Aldo busca en sus bolsillos una bala que termine con el discurso. Los duendes que martillan mis neuronas intentan reconstruir al menos una escena: Una rubia y una morocha que bailan despojadas de ropas y pudores. Nico parece un mendigo alucinado, un místico pop. Ha sobrevivido al acto iniciático; yo aún no lo se. La última oración es la más fácil de encontrar sobre la lápida.
Apoyo la frente en la fría pared del baño del poeta mientras espero la llegada del vomito como a una profecía. Sería el fin o el comienzo de una nueva muerte. Pero el baño del poeta no es cualquier baño, las paredes hablan el idioma de los poetas malditos, de los filósofos budistas; de los literatos sin bidet. Quizás ahora soy más Bukowski, más Miller que nunca; o simplemente otro borracho perdido en una noche sin recuerdos. En la pared del baño del poeta Miles Davis me habla: “No teman a los errores. No existe ninguno”.