miércoles 12 de octubre de 2011

El mundo está callado y llueve

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Tenochtitlán


De pronto, de golpe, acaban los gritos y los tambores. Hombres y dioses hansido derrotados. Muertos los dioses, ha muerto el tiempo. Muertos los hombres, laciudad ha muerto. Ha muerto en su ley esta ciudad guerrera, la de los saucesblancos y los blancos juncos. Ya no vendrán a rendirle tributo, en las barcas através de la niebla, los príncipes vencidos de todas las comarcas.Reina un silencio que aturde. Y llueve. El cielo relampaguea y truena ydurante toda la noche llueve.Se apila el oro en grandes cestas. Oro de los escudos y de las insignias deguerra, oro de las máscaras de los dioses, colgajos de labios y de orejas, lunetas,dijes. Se pesa el oro y se cotizan los prisioneros. De un pobre es el precio, apenas,dos puñados de maíz. Los soldados arman ruedas de dados y naipes.El fuego va quemando las plantas de los pies del emperador Cuauhtémoc,untadas de aceite, mientras el mundo está callado y llueve.


Eduardo Galeano (memorías del fuego)

lunes 10 de octubre de 2011

Street Fighter: reivindicación de la locura barrial




Alguien dijo una vez que yo me fui del barrio, ¿Cuándo? Si siempre estoy llegando. Manuel volvió sin que lo invocaran, como un recuerdo perdido. Llegó con el paso cansado y una gran bolsa a cuestas. Manuel se sentó en un banco de la placita y se aferró al pucho como a una última esperanza. Manuel pita fuerte y habla solo.
Manuel tiene un oficio de lo más extravagante para los tiempos que corren: es vendedor ambulante de papel higiénico. Transita las calles del barrio ofreciendo su mercancía, aunque nadie sabe quiénes son sus clientes (las viejas de mi cuadra nunca le compraron un solo rollo, quizás por pudor, o bien porque la aspereza del papel barato resulta nociva para sus hemorroides). Se lo vio por primera vez varios años atrás, merodeando los únicos videos juegos de Villa Muñecas. Allí se pasaba tardes enteras fascinado con el traqueteo mecánico de los juegos de pelea, participando ocasionalmente de algún que otro combate memorable. Fue en ese ámbito donde aprendió el arte de imitar los sonidos del game. Desde entonces se lo conoció como Street Fighter.
A pesar de su locura singular y de su habilidad para reproducir sonidos (como lo hacía Trobiani en las películas nacionales o el negrito de Locademia de Policía), Street Fighter nunca logró el prestigio de otros locos tucumanos que, con menos arte, alcanzaron el parnaso de la irracionalidad local. Los que saben aseguran que, de haber trasladado su carisma a la zona céntrica, ya sería un mito.
El recuerdo es ineluctable. Unos parlantes afónicos escupen una cumbia rancia. La pesada bicicleta del achilatero se apropia de las calles casi desiertas. Mujeres de vientres abultados se bajan del colectivo cargadas de cosas, inician su procesión hacia el penal de Villa Urquiza. En la resaca de la siesta de domingo, Street Figther invade la monotonía del paisaje barrial. Se acerca con paso cansino hasta la plaza, donde los vagos fuman y relatan las peripecias de la noche anterior. Atraído por el humo del tabaco, pide tímidamente un cigarrillo a sabiendas de que deberá demostrar sus gracias para obtenerlo. Street Figther fuma con ganas y recita su amplio repertorio de imitaciones. El “aduquen” y el grito animal de “Blanca”, que acompaña de un gesto igualmente bestial, son los que mejores le salen. Las noticias de “Cronica” y las cortinas de “Canto y cuento”, las que más divierten al auditorio. Por un momento el domingo deja de ser absurdo.
En una ocasión, un amigo le regaló unas revistas pornográficas anacrónicas que habían pertenecido a su padre. Desde entonces, no lo volví a ver.Semanas atrás, Manuel regresó a un barrio distinto. Sólo la imagen de la virgen en su pequeña gruta lo esperaba para oír, sin pasión, su frenético monologo.










Nota del Editor: El texto pertenece a lo que fue la página www.cerraeloyo.com.ar . Fue escrito hace tiempo a manera de homenaje al amigo Manuel

lunes 16 de mayo de 2011

Palermo: un artista cagador de goles


Es un burro, un perro, un fenómeno, un genio, un monstruo, un titán, un dichoso, un optimista, un verdugo, una leyenda, una persona cuya única virtud profesional es estar en el lugar indicado en el momento preciso, el protagonista de una historia cinematográfica, el mejor, el más malo. La lista de lugares comunes que se usan para definir a Martín Palermo es tan extensa como insuficiente. No alcanza con la prolífica descripción zoológica, con la exaltación mitológica, con el repetido argumento del azar como don, con la tesis que asegura que lo que vemos es su película y no su vida. Ese compendio de explicaciones que fluctúan entre la cursilería y el desborde imaginativo, simplemente, no lo explican.
He tenido cientos, miles de veces, esta discusión en bares, en tertulias futboleras, en el café con los amigos: me dicen que es de madera; el caballo más grande que existió desde aquel que inventaron los griegos para engañar a los troyanos. Entonces, apelo a la fría racionalidad de los números, cansado de defender lo que las estadísticas demuestran por sí mismas. Sin embargo, ese argumento sólido, contundente, lapidario, no termina con el debate. Invariablemente, aferrados a esa pasión irracional por desmitificar lo que no se quiere; me retrucan que los goles que alimentan el obeso historial del goleador son fruto del ojete, si, para ellos, Palermo es alguien que anda por la vida, por el fútbol, cagando goles. Claro, no hay ninguna virtud en una acción que es sólo consecuencia de un reflejo natural. Naturaleza extravagante, por cierto, propia de la inédita zoología del equino defecador de goles. ¿Qué esperan muchachos? llamen a la National Geographic y a Discovery Chanel porque en el parnaso del fútbol argentino hay un animal que abona las redes. Para algunos, a eso se resume su historia: Palermo y su culo prodigioso, su culo mágico.
Delirios como el que acabo de describir alimentan el imaginario de las víctimas de los goles de Palermo, que recurren a hipótesis descabelladas para desmentir la racionalidad de las cifras. El alegato de la casualidad eterna es sólo una de las tantas maneras con las que pretenden exorcizar el sufrimiento, comprensible, por cierto: siempre es el perro y su suerte animal la que los condena. En medio de todo ese artificio retórico, lo que no se termina de entender es cúal es la verdadera esencia del goleador. Entonces, voy a arriesgar una definición y con ella me arriesgaré una vez más a la puteada: Palermo es un artista.
Mientras me putean, intentaré explicar mi tesis: El gol es el súmmum del arte del fútbol, la concreción de su lógica pasional, la obra en su estado acabado. Un caño, un taco, una rabona son expresiones bellas, sin duda, pero si no terminan o contribuyen al gol son una paja, una anécdota, un destello que podrá deslumbrar al esteta pero que no emocionará al hincha. A riesgo de ser considerado más bilardista que Bilardo, debo decir que toda filosofía futbolera se destruye frente al axioma que alguna vez escuché en boca del inefable Luis Rey: “gana el que hace más goles”. Si, tan simple como eso. ¿Acaso para el Don Juan cuentan las conquistas que no terminan en el coito? Para el seductor de nada sirve la mirada ganadora, el beso cautivante, ni la franela ablandadora si la acción no termina en un polvo. Lo mismo pasa con el fútbol: ¿nos acordaríamos hoy del segundo gol de Maradona a los ingleses, si en vez de eludir al arquero, hubiese definido al segundo palo y la pelota se hubiese ido larga, besando su cara externa? Obvio que no, sería sólo una anécdota, una anécdota muy cruel por cierto. Pues bien, siendo el gol la máxima expresión del juego en tanto arte, entonces, siendo Palermo uno de los goleadores más grandes en la historia del fútbol nacional, no hay que ser un genio matemático para definirlo como un artista. Sin embargo, la cosa no es así de fácil.
Palermo no es un artista por la desmesura goleadora que traducen las estadísticas. Su arte no reside sólo en la cantidad y calidad de sus goles, sino en la perdurabilidad de ellos. En el hecho incuestionable de que muchos de esos goles ya son eternos. Son infinitos en la memoria de los hinchas que le contarán a sus hijos y estos a los suyos – y así por siempre- que vieron a Palermo hacer un gol con los dos pies, otro con la rodilla destrozada, o uno con la cabeza desde la mitad de la cancha, dos goles en una final intercontinental, unos cuantos más para ganar clásicos o en un mundial (la lista sería inacabable). ¿Quién le saca el último gol de Martín a River de lo más profundo del ser al hincha que llora con ojos vidriosos aferrado a la tela? A eso se reduce toda praxis artística: un momento condenado a la eternidad. Ante eso, toda cifra, todo número finito, es una ecuación absurda. Sólo el arte trasciende al tiempo y Palermo es un artista, un magnífico artista cagador de goles.

miércoles 16 de junio de 2010

Prohibido pecar contra la esperanza


De pronto Sudáfrica parece la Atenas de los sofistas: en todas partes los portavoces de la sabiduría hablan de esquemas, estrategias y tácticas; mientras anuncian a viva voz sus propias formulas del éxito. Algunos dueños del saber aseguran que Maradona ha errado otra vez, casualmente, los mismos para quienes el técnico de la selección ha vivido equivocado. Esgrimiendo una objetividad incuestionable, estos eximios periodistas apuntan sus saetas emponzoñadas a un Diego que las para con pecho altivo.
En el barrio, cuando niño, había una formula que servía para contrarrestar cualquier afrenta: “Sigue hablando, sigue entrando”, se decía en ciertos casos para silenciar a un rival. Ahora bien, si la sentencia barrial se aplicara a todos los Totis Pasman que deambulan por la copa del mundo, estos posiblemente correrían la misma suerte que las víctimas de Vlad Tepes. Esta inmolación no sería un castigo por ofender a la deidad del futbol, sino más bien una sanción justa al uso indebido del oficio que dicen desempeñar.
No es pecado criticar a Maradona. El error de quienes se empeñan en buscar los desaciertos del técnico está en dar la espalda a la gente. Detrás de las pantallas que ocupan esos falsos sabios del fútbol, hay un país que se muerde las manos por salir a las calles a festejar un mundial. Hay gente atragantada de felicidad que espera con el alma en vilo un triunfo, mientras esos pseudo filósofos del futbol ostentan un racionalismo contrario a toda ilusión. En pos de oír su voz, hacen oídos sordos a las palpitaciones del pueblo.
Eduardo Galeano recordó hace unos días una máxima que aprendió de uno de sus maestros en el periodismo. Las palabras, tal vez pomposas, pero no por eso menos ciertas, revelan el peor error en que puede incurrir quien ejerce el oficio: “Prohibido pecar contra la esperanza”.

martes 23 de febrero de 2010

Yo vi al diablo en Ranchillos


Los hechos del domingo confirmaron el rumor popular: el diablo anda suelto en el carnaval de Ranchillos. Un vecino me lo dijo, lo escuchó de un amigo a quien le comentaron que, durante un almuerzo de Mirta Legrand, el chaqueño Palavecino había relatado el encuentro. La versión cuenta que el cantante vio a lucifer entre el público mientras hacía su show el año pasado. La anécdota incluía un dato no menor: el rey del averno le había vaticinado una catástrofe para estos carnavales. Después, otras narraciones similares repetirían la historia con detalles más o menos fascinantes. Curiosidad o devoción, lo cierto es que el domingo comprobé que el demonio carnavalea en Ranchillos.
El diablo andaba suelto. Lo vi cantar con el torso desnudo arriba del escenario, un fierro tatuado en la cintura, otro en las manos a manera de instrumento. Lo vi moverse como poseído y no había exorcismo que acabara con el éxtasis infernal de la música de su keytar. Lo supe yo y los pibes y las guachas que danzaban frenéticas en Ranchillos: durante poco más de media hora Pablo Lezcano fue el diablo.
El diablo andaba suelto, no había duda. Lo vi también junto a la morocha que arrastraba de los pelos a una rubia oxigenada entre una maraña de ratis impotentes. Lo vi en las embestidas sexuales del hombre gordo que arremetía contra una mujer prendida a su cuello. Lo sentí bailar a mi lado y bambolear dos pechos titánicos al ritmo de una cumbia. Lo vi disfrazado de mandingo con el rostro todo pintado de negro mientras hacía un pete en el baño. Lo vi como un Goliat culón disfrazado de mujer. Lo vi y se llamaba Pedro; luego Alvaro y tenía los ojos podridos, la lengua dispuesta, el apetito insaciable. Lo había ido a buscar y ahí estaba, esperándome en el espejo del baño de mi casa.

lunes 15 de febrero de 2010

Algunas reflexiones sobre el día de los enamorados


Cuando los dueños de los moteles, los líderes de la industria chocolatera y los vendedores de flores se pusieron de acuerdo para inventar el día de los enamorados, sólo pensaron en cómo se engrosarían sus arcas con la creación de una de las fechas más mersas del calendario. Es que de no ser por su capitalismo voraz, uno se evitaría de escuchar y leer las frases empalagosas que los devenidos en poetas espontáneos diseminan a diestra y siniestra. Las demostraciones de aberrante sentimentalismo que se repiten por las calles en forma de rojos corazones y alados cupidos. Las tediosas esperas en los zaguanes de los telos, ella rosa roja en la mano, él con el miembro como estandarte. Expectativa que termina con la unión de dos cuerpos desesperados tratando de hacerse uno entre las sabanas empapadas de sudores ajenos, mientras los taxistas de Arjona se levantan alguna cuarentona querendona y el televisor proyecta un catalogo de prácticas sexuales que, para la pareja en cuestión, resultan impracticables, ya sea por falta de destreza, iniciativa o talento. Ni que hablar de los marasmos de baba y las amasaduras de ojetes exhibidos impúdicamente en las calles para que las señoras pongan el grito en el cielo.
Pero lo peor de todo, no es la evidente vulgaridad del evento en cuestión, sino el desperdicio de una fecha que bien podría haber sido utilizada en reivindicación del amor libre, celebrada en multitudinarias orgías públicas, con grandes bacanales sexuales, con el desfile de las apetencias más obscenas y perversas largamente reprimidas. Pero no, San Valentín es un festejo que proclama el restringido amor burgués, sentimentalista, cursilero y monógamo, haciendo del día de los enamorados una fecha tan peronista como el primero de mayo. Después de todo ¿qué es lo que se festeja? el amor como pacto tácito de exclusividad perpetua entre dos almas que buscan juntas la perduración eterna. Suena tan hermoso que el propio Cupido afila sus saetas para perdérselas de a una en el culo.

sábado 9 de enero de 2010

La última lagrima


Lo que para el médico fue un signo inequívoco de incontinencia urinaria, para la Pocha no fue otra cosa que un merecido adiós. Esa noche la noticia le nubló la razón y le impidió pensar con claridad, sus viejos y estirados labios parecieron murmurar mil cosas sin hablar. Es que, de haber podido hablar, contarían mucho: esas noches en que su peligrosa insolencia estremecía a los camioneros que paraban en el Bajo a saciar sus apetencias, los bailes en que su aliento fatal derretía a fuego lento las braguetas de jóvenes pelilargos, el candor de ese gitano violín que la enamoró con la primera estocada. Lo cierto es que la Pocha bien sabe que esa noche, cuando se enteró por la radio que Sandro había muerto, le lloró el upite.