lunes, 15 de febrero de 2010

Algunas reflexiones sobre el día de los enamorados


Cuando los dueños de los moteles, los líderes de la industria chocolatera y los vendedores de flores se pusieron de acuerdo para inventar el día de los enamorados, sólo pensaron en cómo se engrosarían sus arcas con la creación de una de las fechas más mersas del calendario. Es que de no ser por su capitalismo voraz, uno se evitaría de escuchar y leer las frases empalagosas que los devenidos en poetas espontáneos diseminan a diestra y siniestra. Las demostraciones de aberrante sentimentalismo que se repiten por las calles en forma de rojos corazones y alados cupidos. Las tediosas esperas en los zaguanes de los telos, ella rosa roja en la mano, él con el miembro como estandarte. Expectativa que termina con la unión de dos cuerpos desesperados tratando de hacerse uno entre las sabanas empapadas de sudores ajenos, mientras los taxistas de Arjona se levantan alguna cuarentona querendona y el televisor proyecta un catalogo de prácticas sexuales que, para la pareja en cuestión, resultan impracticables, ya sea por falta de destreza, iniciativa o talento. Ni que hablar de los marasmos de baba y las amasaduras de ojetes exhibidos impúdicamente en las calles para que las señoras pongan el grito en el cielo.
Pero lo peor de todo, no es la evidente vulgaridad del evento en cuestión, sino el desperdicio de una fecha que bien podría haber sido utilizada en reivindicación del amor libre, celebrada en multitudinarias orgías públicas, con grandes bacanales sexuales, con el desfile de las apetencias más obscenas y perversas largamente reprimidas. Pero no, San Valentín es un festejo que proclama el restringido amor burgués, sentimentalista, cursilero y monógamo, haciendo del día de los enamorados una fecha tan peronista como el primero de mayo. Después de todo ¿qué es lo que se festeja? el amor como pacto tácito de exclusividad perpetua entre dos almas que buscan juntas la perduración eterna. Suena tan hermoso que el propio Cupido afila sus saetas para perdérselas de a una en el culo.

sábado, 9 de enero de 2010

La última lagrima


Lo que para el médico fue un signo inequívoco de incontinencia urinaria, para la Pocha no fue otra cosa que un merecido adiós. Esa noche la noticia le nubló la razón y le impidió pensar con claridad, sus viejos y estirados labios parecieron murmurar mil cosas sin hablar. Es que, de haber podido hablar, contarían mucho: esas noches en que su peligrosa insolencia estremecía a los camioneros que paraban en el Bajo a saciar sus apetencias, los bailes en que su aliento fatal derretía a fuego lento las braguetas de jóvenes pelilargos, el candor de ese gitano violín que la enamoró con la primera estocada. Lo cierto es que la Pocha bien sabe que esa noche, cuando se enteró por la radio que Sandro había muerto, le lloró el upite.

jueves, 19 de noviembre de 2009

La decadencia del Capitalismo


Son muchos los eruditos que vienen vaticinando con bombos y platillos el esperado final del Capitalismo, sin embargo, lo concreto es que todavía no tiene fecha de defunción en el calendario. Lo que si parece irrefutable a esta altura del partido es la decadencia irreversible del sistema: Décadas atrás, el icono del modelo capitalista y el gurú a seguir era el empresario automotriz Henry Ford. Hoy, todos quieren ser como Ricardo Fort.

martes, 3 de noviembre de 2009

Las primas libidinosas de Cucurto


Cuando empecé a leer La maquina de hacer paraguayitos del para mi ignoto Washington Elphidio Cucurto (Seudónimo de Norberto Santiago Vega) estaba sentando en un banco de la terminal de retiro esperando un colectivo. Todavía no pude definir si se trata de una novela poética o de un poema novelado, tampoco pude establecer a ciencia cierta si el autor escribe bien o mal, ni cuáles son los meritos literarios de su obra. Lo cierto es que Cucurto destroza los parámetros normales del lenguaje para inventar uno nuevo con las sobras. Tal vez me equivoque, pero eso es justamente lo que vuelve a los ignotos imprescindibles. Tal vez me equivoque, pero esa tarde en retiro no pude dejar de leer el libro que tenía en mis manos; obviando incluso los pechos turgentes de pétreos pezones que ostentaba la morocha sentada enfrente mío.

A continuación una muestra de lo que les hablo:

Ah, qué terrible costumbre cumbiantera tienen, de
andar lamiendo las patas de la mesa, los
huevos del portero; cuando sumisa inclinas
porteril la regadera, sobre la maceta de alelíes,
barren todo cuanto a su paso se topa, óyelas
cómo van: luciendo su lengua colorada de
dominicana ardiente, con verdadero fervor
boquense: por las piezas del yoti yirean
las mulatas, tus tres primas libidinosas, Idalina,
Justina, Miguelina, se ensucian y se ensañan
con la leche de los machos, usan tus enaguas,
guasquean tus bombachas; a la chueca se
engullen la chicha de la mesa, a la polaca se
transan y trasca que les cabe el 69
del contramaestre,
hubiese ocurrido que las mandara de vuelta
a Santiago de los Caballeros,
hubiese ocurrido también,
que improvisara porteño inoportuno
y las hiciera trabajar en el sauna
de Córdoba y Laprida, de San Juan y Bolívar.


Nota del editor: Texto extraído de la obra de Washington Cucurto "Tus tres primas libidinosas", en La maquina de hacer paraguayitos.

lunes, 26 de octubre de 2009

La senda del perdedor



El rumor barrial manifiesta que al hijo amanerado de Don “Rolo” Díaz le dicen “día lunes” porque es el más puto de los Díaz. Más allá del cuestionable ingenio de la ya gastada ocurrencia y de las preferencias sexuales del popular púber, el chascarrillo no está exento de certeza metafísica: El lunes es el peor día para empezar la semana. Si las semanas comenzaran por los martes o, mejor, miércoles, el mundo quizás sería un lugar mejor. Sin embargo, tan fastidiosa como inexorable, esa realidad se repite cíclicamente y no queda otra que ponerle el pecho a la situación y buscar placebos paliativos para soportar estoicamente esas fatídicas veinticuatro horas.
Uno de los recursos para vencer el síndrome de los lunes es la caminata céntrica y la visita a la librería, lugar donde ese extravagante placer intelectualoide que genera la literatura se conjuga con la lasciva presencia de la vendedora rubia y mocha. Más cortazariana que borgeana y más tarantinesca que almodovaresca, la dulce guardiana del templo del saber exhibe una belleza dotada de matices infernales (tiene esa mirada mefistofélica de Christabella, la hija del propio Satanás en el film El abogado del diablo). Ella es a quien encargo las obras que los moralistas de las letras califican de cuasi pornográficas; libros difíciles de encontrar y que siempre tienen que traer de alguna otra parte, lo cual me sirve como escusa para verla de nuevo semanas después. Tal vez no me equivoque si digo que he llegado a observarla con la misma devoción con que leo los relatos de Charles Bukowski. Esa mañana el libro me esperaba; la rubia naturalmente no. Un papel con mi nombre colocado debajo del título: "La senda del perdedor” me convertía en el poseedor de la novela que bien podría devenir en biografía.
Terminaba de contar el dinero para pagar el libro y dirigirle una última y libidinosa mirada a la blonda ensortijada (observación que me llevaría a corroborar que la exuberancia no es cualidad exclusiva de la bailarinas bailanteras), cuando recibo un mensaje de texto con una aciaga sentencia: la tengo más adentro que Toti Pasman. El Tano me estaba informando que me sacó veinte puntos en el Gran Dt y ahora sólo me queda chuparla y abonar los veinte pesos que le debo, tras dos fechas de derrotas. Revés que se sumaba al dinero dilapidado en una mala performance en el poker del domingo y a un par de apuestas abortadas con el pálido empate del clásico. Pagué el libro y asumí mi condición de derrotado. Christabella se había perdido de mi vista.
Tan irrefutable como el hecho de que el hijo de Don “Rolo” se la come es la certeza de que pasará otra semana y llegará otro puto lunes. Pagaré mis deudas de juego y renovaré las apuestas a la espera de una efímera racha ganadora que tal vez nunca llegue. Llenaré mis momentos de ocio creativo con la lectura de la nueva novela, mientras algún infame lector de novelas policiales (si es que lee) se hundirá frenético en las carnes blanquecinas de la vendedora rubia y mocha.

lunes, 19 de octubre de 2009

Los Sandros

Los pequeños gemelos Sandro René y Sandro Ramón no saben lo que es una Play Station, pero conocen los caminos que penetran en el monte santiagueño y se animan a caminar descalzos sin preocuparse por las espinas de vinal. Sus hermanos mayores no desconocen los secretos de ese tramo del Salado y saben donde se encuentran los “pescaos”, que persiguen con el anzuelo atado a un pedazo de tanza. Tienen la paciencia de los viejos pescadores y el tiempo de los que nada esperan.
Unos cuarenta kilómetros de bobadales separan a los Sandros y a su familia del asfalto y la civilización. Unos cuarenta kilómetros y una eternidad de penurias, olvidos y soledades. Sólo cuarenta kilómetros y otros tantos años luz. Son doce hermanos que viven en un paraje sin nombre a unos veinte kilómetros de Santo Domingo, el poblado más cercano. Su padre es el dueño de una magra hacienda que lucha por sobrevivir a la aridez santiagueña: unos veinte chivos y otras tantas vacas con las costillas entalladas al cuero. El paisano no toma alcohol, no fuma, ni tiene otro vicio que no sea hacer hijos. Tal vez los únicos signos de vitalidad en ese monte seco y olvidado. El hombre no conoce la televisión, pero tiene un cielo infinito de estrellas para descansar sus noches.
Esa mañana la tropilla de niños irrumpe en el campamento de los pescadores, atraída quizás por las guarachas sintonizadas azarosamente por la radio de la camioneta. Todo lo observan fascinados; como preguntándose porqué esos extraños han abandonado la comodidad de sus camas, sus televisores, sus acondicionadores de aire y las Play´s Station´s para hundir las botas en la tierra de su monte y ahogarse con el calor de sus siestas. Ellos no comprenden cómo es que puede la ciudad asfixiar, aburrir, desencantar. Sólo su monte y su río conocen y sólo eso entienden. En ello se les va la vida.
Los niños comen con pasión mezclando el asado y el mate cocido. No dicen nada que no se les pregunte; sus palabras son tímidas y apenas audibles. En los ojos no pueden ocultar un brillo de asombro ante aquello que los rodea. Todo es nuevo y extraño y tiene tal vez aquella magia del hielo que conoció el Coronel Aureliano Buendía en Macondo. Uno revuelve entre las cajas de pesca y encuentra un objeto de una belleza sorprendente: la extraña figura del señuelo fosforescente será acaso su primer juguete.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Epitafio posible para la tumba de un tal Pollo

El epitafio quizás diga: Aquí continua descansando Pollo, alguien que quiso ser muchas cosas pero tal vez no fue ninguna. Visitaran la tumba amigos, unos cuantos familiares, unas cuantas mujeres; pero nadie intentará llorar para no ofender la memoria del difunto. Lo recordarán como un tipo que hablaba muchas cagadas y que escribió otras tantas, que se vestía de forma extravagante y que hacía de la nocturnidad un culto. Para muchos un pelotudo, para otros un loco lindo, para los académicos un ser con no muchas luces, para los de no muchas luces un erudito incomprendido, para los acreedores ahora un incobrable, para algunos un impagable. Despedirán sus restos mortales pensando que murió en su ley: Aparentemente, su corazón dejó de funcionar mientras bailaba lambada con unos travestis en Ranchillos. Las crónicas policiales hablarán de drogas, eunucos y un ritual umbanda donde se sacrificó un chancho blanco, pero sólo para agigantar el mito. Las señoras del barrio comentarán al baldear la vereda esa mañana: “pensar que estaba tan vivo cuando todavía vivía”.Sus herederos se repartirán las deudas y a los pocos meses publicarán un volumen de obras póstumas titulado No somos nada.