
Cuando los dueños de los moteles, los líderes de la industria chocolatera y los vendedores de flores se pusieron de acuerdo para inventar el día de los enamorados, sólo pensaron en cómo se engrosarían sus arcas con la creación de una de las fechas más mersas del calendario. Es que de no ser por su capitalismo voraz, uno se evitaría de escuchar y leer las frases empalagosas que los devenidos en poetas espontáneos diseminan a diestra y siniestra. Las demostraciones de aberrante sentimentalismo que se repiten por las calles en forma de rojos corazones y alados cupidos. Las tediosas esperas en los zaguanes de los telos, ella rosa roja en la mano, él con el miembro como estandarte. Expectativa que termina con la unión de dos cuerpos desesperados tratando de hacerse uno entre las sabanas empapadas de sudores ajenos, mientras los taxistas de Arjona se levantan alguna cuarentona querendona y el televisor proyecta un catalogo de prácticas sexuales que, para la pareja en cuestión, resultan impracticables, ya sea por falta de destreza, iniciativa o talento. Ni que hablar de los marasmos de baba y las amasaduras de ojetes exhibidos impúdicamente en las calles para que las señoras pongan el grito en el cielo.
Pero lo peor de todo, no es la evidente vulgaridad del evento en cuestión, sino el desperdicio de una fecha que bien podría haber sido utilizada en reivindicación del amor libre, celebrada en multitudinarias orgías públicas, con grandes bacanales sexuales, con el desfile de las apetencias más obscenas y perversas largamente reprimidas. Pero no, San Valentín es un festejo que proclama el restringido amor burgués, sentimentalista, cursilero y monógamo, haciendo del día de los enamorados una fecha tan peronista como el primero de mayo. Después de todo ¿qué es lo que se festeja? el amor como pacto tácito de exclusividad perpetua entre dos almas que buscan juntas la perduración eterna. Suena tan hermoso que el propio Cupido afila sus saetas para perdérselas de a una en el culo.
Pero lo peor de todo, no es la evidente vulgaridad del evento en cuestión, sino el desperdicio de una fecha que bien podría haber sido utilizada en reivindicación del amor libre, celebrada en multitudinarias orgías públicas, con grandes bacanales sexuales, con el desfile de las apetencias más obscenas y perversas largamente reprimidas. Pero no, San Valentín es un festejo que proclama el restringido amor burgués, sentimentalista, cursilero y monógamo, haciendo del día de los enamorados una fecha tan peronista como el primero de mayo. Después de todo ¿qué es lo que se festeja? el amor como pacto tácito de exclusividad perpetua entre dos almas que buscan juntas la perduración eterna. Suena tan hermoso que el propio Cupido afila sus saetas para perdérselas de a una en el culo.




